El olvidado español que exploró Australia

Diego de Prado y Tovar, es el olvidado capitán, cartógrafo y navegante leonés del siglo XVI que exploró Australia.

El olvidado leonés, militar, navegante, cartógrafo y naturalista, escritor de tratados de artillería y de obras de teatro —además de espía—, nació en Sahagún, procedía de la familia de los marqueses de Prado y vivió hasta la increíble edad de 96 años a caballo entre la mitad del siglo XVI y la del XVII. Divisó por primera vez tierra firme australiana, que estuvo a punto de pisar con la expedición de Pedro Fernández de Quirós y Luis Váez de Torres, en la que participó en 1605 y en la que se la bautizó como ‘Austrialia del Espíritu Santo’ en honor a los reyes Austrias; convirtiéndose en el primer europeo en describir a qué sabía un canguro.

León es una tierra que ha dado grandes hombres en la Historia, pero pocos tan ‘bizarros’ —en el sentido hispánico del término— y de vida tan larga, azarosa, fructífera e increíble como el capitán Diego de Prado y Tovar, un leonés de familia de alta alcurnia que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII y del que se conservan los primeros escritos en el que se cita el nombre de ‘Austrialia’, un continente que estuvo a pocos kilómetros de pisar por primera vez en la Historia de la exploración europea.

Sólo un hecho de él hace que su figura destaque por encima de los demás hombres de su época, aunque casi cualquier cosa de lo que hizo ya le merecería fama. Nacido en Sahagún sobre 1550, vivió nada menos que 96 años (o por lo menos se sabe que la última pista que se tiene de él es de octubre de 1645); una proeza biológica que hasta hoy en día el 99% de los hombres españoles no alcanzan; y eso hace cuatro siglos. Además, es lo que los ingleses llamarían un ‘Badass’, un ‘tipo duro’ capaz de conseguir cualquier cosa.

En su larga vida fue de todo: militar, navegante y explorador, cartógrafo, naturalista, monje y, al parecer, espía en Italia, donde al final de su vida escribió hasta una comedia teatral. Su gran hito fue ser uno de los primeros europeos que pudo ver las costas de Australia —y el primero que hizo mapas de la costa de Nueva Guinea— y que escribió sobre ello en algunas relaciones destinadas a la Corona Española de los Austrias, ya que era uno de los altos mandos de la expedición en busca de la Terra Australis.

Curiosamente y por un irónico giro del destino —posiblemente gracias a los mapas y cartas náuticas en informes de, entre otros, Diego de Prado y Tovar, que capturaron tras invadir la Habana en la Guerra de los Siete Años; venciendo, irónicamente, a un descendiente de su familia, Juan de Prado Malleza y Portocarrero, que era el Gobernador español en la isla—, James Cook llegaría a las costas de Australia siglo y medio después que el aventurero leonés escribiera sus relaciones sobre la ‘Australia del Espíritu Santo’.

El navegante inglés, dentro de las acostumbradas mentiras de la propaganda británica, se llevaría la inmerecida fama de ser el descubridor…  de algo que ya parecía haber sido descubierto por españoles, portugueses y holandeses (Nueva Zelanda incluida); todos miembros de la Corona Hispánica en la época del capitán. De todas maneras, los británicos tenían constancia de la existencia de Australia gracias a los escritos de la expedición del sahagunino con Pedro Fernandez de Quirós y Luis Vaez de Torres entre 1605 y 1606; pero es sintomático que tan sólo seis años después de capturar Cuba, Cook fuera enviado a la ‘Terra Incógnita Australis’ a localizarla.

La exploración española de ‘Austrialia’

La Corona hispánica organizó tres viajes entre 1565 y 1605 intentando descubrir la mítica ‘Terra Australis Incognita’, un continente situado hacia el sur del océano Pacífico. Las dos primeras, las de Álvaro de Mendaña, fracasaron en ese intento aunque descubrieron las islas Salomón, Guadalcanal y las Marquesas, entre otras. En el segundo viaje murió Mendaña y el piloto mayor, Pedro Fernández de Quirós, regresó a las costas de México.

Quirós era un portugués nacido en Évora que no caía bien. Lo definían como “hombre idealista, fantasioso, poco práctico excepto en la navegación y religioso hasta el misticismo”. Pero consiguió financiación para salir en 1605 en busca del continente que todos creían que existía en la zona.

“En el mes de marzo de 1605 llegó a Lima y, al fin, pudo salir del puerto de El Callao el 21 de diciembre de dicho año al frente de una flota compuesta por dos naos y un patache: la ‘San Pedro y San Pablo’, capitana, de unas 150 toneladas de porte y mandada por él mismo; la ‘San Pedro’, también llamada ‘San Pedrico’, almiranta, de unas 120 toneladas y dirigida por Luis Váez de Torres. Les acompañaba Diego de Prado y Tovar, como cronista y cartógrafo, y Juan Ochoa de Bilbao, como piloto mayor. La flota llevaba 300 hombres, entre marinos y soldados, y animales para fundar una colonia. A bordo, todos los hombres vestían el sayal de San Francisco, y estaban prohibidas toda clase de blasfemias”, explica Carmen Torres López en este artículo de la Revista de Historia Naval.

En mayo de 1606 llegaron a la actual Vanuatu,en el archipiélago de las Nuevas Hébridas, que Quirós bautizó como ‘La Austrialia (sic) del Espíritu Santo’, mezclando las palabras ‘austral’ y ‘Austria’, en honor de Felipe III de esa casa real. Pero las cosas no iban bien y seis semanas después, justo al hacerse de nuevo a la mar para seguir la exploración, en la noche del 11 de junio de 1606, Quirós desapareció. Dijo haberse separado de los otros barcos por el mal tiempo y que no pudo volver a la seguridad del fondeadero anterior. Y llegó a a Acapulco en noviembre.

En el relato de Prado, que es muy crítico con el luso —llegando a decir que que todo lo que decía era “mentira y falsedad”—, las razones de la ‘escapada’ se atribuyen a un motín y a su falta de liderazgo. De él decía que había sido encerrado por su tripulación en el castillo de popa. En una carta conservada en el Archivo de Simancas el explorador leonés muestra lo poco que confiaba en él:

“… lo que descubrió Pero Fernandez de Quirós el embustero, fueron aquellos escollos é islas pequeñas, porque se le amotino la gente dentro de la baya de la isla del Spiritu Santo. Yo venia por capitán de la nao Capitana y fuy sabidor de lo que se iba hordenando en la nao; dile parte dello, y como hera el mayor sobre gueso que tenia, por decirle lo que combenia al seruicio de su magd. no me podia tragar, y assi me desembarque en Taumaco y me fuy ala Almíranta, de que hubo mucha alegria en la nao. Para mejor efectuar su negocio, a los 11 de Junio de 606, estando en la baya, que heñíamos de una isla que estaba cerca, bino a las ocho de la noche el viento Sul algo fresco, conque los amotinados pusieron por hobra su mal intento, y siendo de noche, y lejos de nosotros alsaron en popa, sin berlo ese hablador por estar en su cámara de popa; por la mañana no pareció la tierra de do hauian salido. No lioso hablar, antes le dixeron que se metiese en su cámara y callase la boca, por lo qual le salbaron la uida y le desembarcaron en Acapulco; sus propias camaradas dijeron al marqués de Montes-claros quien hera, y como le podían atar por loco, el qual le trato como quien hera. Yo no se que rrespeto auian de tener los españoles del Pirú, a uno que ayer hera escribano de una nao de mercaderes, y portugueses: si le conociesen como le conoce el capitán Alonso Coreo, acabarían de entender esos señores del Estado, que de tan baxos hombres y mentirosos no auian de hacer caso”.

Aunque las órdenes indicarían que Diego de Prado y Tovar debía ser sucesor de Quirós, ya que era el ‘capitán-entretenido’ (capitán en la reserva) en el viaje, existen abrumadoras evidencias de que Torres sí ejerció el mando, incluyendo la narración del mismo Prado. Sobre Torres, Prado aseguró que “su condición era diferente de la del capitán Quirós” y con éste tocó tierra en Nueva Guinea —que llamaron Magna Margaritae en honor a la reina de España— e intentaron ir más al sur, descubriendo lo que todos llaman el Estrecho de Torres y, posiblemente vislumbrando las costas de la Australia que conocemos hoy, a muy pocos kilómetros de distancia. Prado dibujó una serie de cartas esquemáticas de algunas bahías en el golfo de Papúa, varias de las cuales aún se conservan.

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Viaje de exploración de Luis de Vaez y Torres en el que casi pisan tierra australiana

¿Por qué no llegaron a tomar tierra en la Australia continental? Uno de los problemas de la expedición es que no hacían más que llegar a islas y, en un mar en que era peligrosísimo hacerlo navegando de Norte a Sur por las grandes posibilidades de varar las embarcaciones en arrecifes de corales, decidieron, justo en el último momento, darse la vuelta y navegar hacia las Filipinas españolas, cuando debían estar a unos 10 grados y medio latitud sur.

“Los últimos estudios indican la probabilidad de que Torres y Prado hubieran tomado una ruta más austral a través del canal que ahora se llama estrecho Endeavour, muy próximo al Estrecho de Torres. Desde esta posición habrían avistado el extremo norte del continente australiano, concretamente el cabo de York. Pero el pragmático y tranquilo Torres nunca afirmó que había avistado el continente austral y se limitó a señalar que había pasado a través del estrecho. La expedición demostró que Nueva Guinea no formaba parte del tan deseado continente. No fue así con Diego de Prado y Tovar que resaltaba en su solicitud al rey Felipe III la importancia de cristianizar la Austrialia y pedía explícitamente hacerlo de manera más cristiana que en las Indias Occidentales”. Esto se puede leer en la entrada de la Wikipedia de Gaspar de Zúñiga, que financió la expedición.

El caso es que se dieron la vuelta posiblemente un día antes de pisar la Australia en la que 160 años después puso el pie la tripulación del capitán Cook, para volver a las Filipinas. Desde allí Diego de Prado y Tovar enviaría una ‘relación’ del viaje a Felipe III y tomará la decisión de volver a Europa en otra aventura por Goa, Ormuz, peregrinando a Alepo, y de nuevo en barco vía Malta hasta llegar a Madrid en 1610. Cansado de sus viajes y aventuras se ordenará monje y se encerrará en el convento de San Basilio de Madrid, calle del Desengaño, hoy desaparecido. Allí se encargará de dejar claro, mediante cartas al monarca y sus burócratas, la incompetencia y corrupción de Fernández de Quirós, en una descarnada polémica que duró varios años.

La disputa se resolvió de forma relativamente cruel para Quirós. “El Consejo de Indias sabía muy bien qué atenerse; mano tenía juntas las cartas de don Diego de Prado denunciado Quirós de hablador, de embustero y de falsario […] No obstante la estimación de los señores del Consejo, pensaban que no era político desengañar de una vez aquel hombre de fidelidad dudosa, habiéndole entretenido dos años, consultaron al Rey un medio, en verdad poco digno: que firmara despachos gusto del pretendiente, expidiendo otros reservados al virrey del Perú fin de que los primeros quedaran sin valor ni efecto”, como se cuenta en este artículo del Instituto de Historia y Cultura Naval.

Australia era una tierra tan alejada que, aún sabiéndo de su existencia la monarquía hispánica, nunca tuvo dinero ni tiempo para explorarla, y menos conquistarla. Tampoco holandeses y portugeses, debido posiblemente a que estaban centrados en las riquezas que ya conseguían en las islas de Oceanía. Los ingleses tampoco le prestaron demasiada atención y tardaron 160 años en llegar a sus costas, para que al principio la usaran como un penal de presidiarios.

96 años de azarosa vida repleta de logros y aventuras

El capitán Diego de Prado y Tovar fue un militar y navegante —tanto en los tercios en Portugal e Italia, como en la Armada de Inglaterra y como piloto de barco en el Pacífico— , explorador, escritor de tratados de artillería, marino y cartógrafo, monje, y, posiblemente espía en Italia. Un personaje con una historia tan amplia que además es probable que se codeara con Lope de Vega, ya que —según el experto en su vida Arturo Rodríguez Lope-Abadía— vivió en Madrid entre 1615 y 1626 y llegó a escribir entonces una obra de teatro que aún se conserva, titulada ‘Hir buscando a quien me sigue’ (que se puede leer aquí).

“Por la calidad técnica dudo que fuese la única que escribiese y no me parece nada descabellado que conociese a Lope por ese asunto, y porque el ‘Fénix de los Ingenios’ había escrito años atrás una comedia patrocinada por un Prado”, argumenta.

Al parecer, según este investigador, Diego de Prado y Tovar sería uno de los tres hijos bastardos que tuvo Francisco de Prado y Tovar. Por el testamento, se sabe que tuvo diez hijos legítimos y tres ‘naturales’. De estos últimos nombra a dos, con lo que Diego puede ser el tercero. Otro fue el beato Juan de Prado, al que procuró una buena educación en cánones en la Universidad de Alcalá y murió martirizado en 1631 en Marruecos.

La familia de los Prado fue rica y poderosa. Entre ellos hubo beatos mártires, este explorador de Australia y Nueva Guinea (que nombró su expedición isla de Magna Margarita en honor a la reina de España), un amante confidente de la reina Cristina de Suecia, militares, abades, burócratas y diplomáticos. Su señorío abarcaba los concejos de La Guzpeña, Valdetuéjar de Abajo y de Arriba, los Urbayos y la villa de Anciles (hoy bajo las aguas de Riaño).

De ellos queda el recuerdo de su gran palacio barroco, que construyeron en el siglo XVII en Renedo de Valdetuéjar y que fue desmontado para trasladar a León su fachada. Todos los leoneses lo conocen, aunque muchos no sepan que parte de su estructura y fachada es hoy el edificio del Hospital de Regla. Tan importantes como para financiar a Lope de Vega para publicar una comedia titulada ‘Los Prado de León‘ y para seguir sus descendientes en el aparato burocrático del Estado. De ellos y de su palacio fortaleza se puede saber más pinchando aquí.

Uno de sus tratados militares, ‘La obra manual y plática de la artillería’ (que se puede consultar digitalizada en la web de la Biblioteca Nacional de España) se sabe que la dedicó a Juan de Acuña, el nobilísimo primer marqués de Cerrato y hombre de Estado de Felipe II y Felipe III, en agosto de 1591; tras haber sido Prado su teniente como capitán general de la Artillería en Cataluña. La enseña de Diego de Prado y Tovar era blanca con una cruz de calatrava en el medio y por orla un listón de más de medio palmo de ancho a la redonda y por orlas unos jaqueles amarillos colorados y azules.

Otro de sus logros es el describir por primera vez en la Historia a tres animales raros como el tilacín —más conocido como tigre de Tasmania, ya extinguido—, el equidna (un animal similar al ornitorrinco), y el marsupial ualabí; siendo el primer europeo que escribió cómo sabía uno de esos ‘wallaby’, similar a un canguro. “El equidna que describe es concretamente un Zaglossus Bartoni. Don Diego la consideró un pájaro porque el animalejo pone huevos”, explica el investigador Arturo Rodríguez.

Tras volver a Madrid, al final la vida de monje basilio tampoco le satisfizo. Algo normal en un personaje tan inquieto. Abandonó el monasterio y parece ser que se trasladó a Italia, donde debió participar en misiones diplomáticas y de espionaje.

Pero de él no se conserva retrato alguno, cosa que parece cuadrar con el olvido al que ha sido sometido durante estos cuatro últimos siglos tanto en su país como en su tierra de origen; pese a ser un personaje de una vida tal, y con tantos logros, que merecería películas y series de televisión.

Lee el artículo original de Jesús María López de Uribe (bajo licencia CC) en Ileon

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